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El monstruo habia introducido una lengua viscosa y cilíndrica, que en segundos había ocupado toda su cavidad bucal y alcanzaba a traspasar la campanilla.
Al primer roce interno profundo, la joven tuvo una arcada, y luego otra, y otra.
La lengua ya había llegado a la mitad de su garganta, y ahora, cada arcada venía acompañada por vómito de su estómago, que no era más que una merienda-cena que había tomado casi al finalizar su jornada laboral.